Conversaciones (in) Docentes ¿Educar en el esfuerzo?

Querida A.

He estado reflexionando sobre nuestra conversación de ayer. Y en tu pregunta, esa que no supe responder ¿cómo podemos hacer nosotrxs para volver a educar en el esfuerzo?

Lo primero que he pensado ha sido ¿es realmente necesario que lo hagamos? No sé, cuando quedé con C. para tomar café después de haber estado contigo, escuchándola, vi una persona que vive educada bajo una gran disciplina del esfuerzo. Veo personas muy jóvenes demasiado cansadas, ¿tiene sentido el esfuerzo sin un para qué?

Y ahí es dónde me viene la segunda parte de la reflexión, porque claro, hablamos de que los chavales no se esfuerzan, están desmotivados.. y entramos una y otra vez en un bucle de negatividad. Observo el sistema educativo (y otros sistemas, de hecho), y me parece endogámico  en la relación entre sus fines y sus medios. Es más, creo que ha olvidado que su función es ser un medio para un fin. Y parece que está “lo de clase” y luego, la vida ahí fuera. Somos a veces anacrónicos, como un viaje al pasado o una esfera aislada.

Cubiertos hasta la extenuación de papeles, protocolos y otras tablas de datos que rellenar, aniquilamos “eso” vivo de la educación: la relación pedagógica, dónde, sujeto a unas bases, se crea realmente un proceso de aprendizaje.

No sé, ya lo intentaron otras antes, ¿no? Montessori, Waldorf, …, el otro, el anarquista ese de la escuela moderna del que tanto hablamos el año pasado, ¿cómo se llamaba? ¡Eso! Ferrer… eso sólo por citar a unos pocos, pero ya sabes que, con sus aciertos y sus errores, a todos se los cargaron, y a todos los olvidamos, una ceguera férrea, como si hubiera intereses en que creyéramos que estamos inventando la sopa de ajo de nuevo. Siempre, siempre, lo mismo, una y otra vez, …, innovación ¿de qué? Si está todo inventado… y cuando a alguien se le ocurre implementarlo… ¡zas! Un aborto educativo espontáneo.

No creas que pienso poco en ello. A veces me consume la idea de que los estamos estafando. Creo que es imprescindible encontrar el sentido, el propósito de todo esto, de lo educativo y dar pasos firmes hacia ello.

Desde siempre pensé en la importancia de la educación pública, gratuita y universal. Creo que estar tan unida a mi abuela materna, que era del Sur y era analfabeta me marcó de por vida. En mi familia del Norte, que yo sepa, hasta al menos dos generaciones anteriores a la de ella sabían leer. Y mi abuela J. no. Me pongo triste sólo de pensarlo, porque ella quería ir a la escuela, pero no la dejaron. Era la mayor de cuatro hermanos y mandaron a la pequeña, que era la que menos falta hacía en el campo, pero estudiar le importaba un pepino. Mi abuela siempre guardó ese dolor.

Y ella, que era del sur, quería ir a la escuela, pero no la dejaron.

Así que yo, contra viento y marea, pese a todas las visicitudes que se presentaron en mi vida, siempre tuve claro que iría a la universidad: por mí y por ella, por todas ellas, como en el escondite, por todas mis compañeras…

Pero luego ¿qué?

Pertenezco a una generación de mujeres que tuvo que escalar en lo académico para ser alguien, para tener voz, para ser escuchada. Especialmente perteneciendo a la clase obrera. No estaba entre los esquemas de ningún miembro de mi familia materna que yo lo hiciera. Supongo que me rebelé y pagué el precio. No me arrepiento.

Pero, llegado el momento de tener un empleo, todo fue incierto: el sistema no retribuía el esfuerzo. Los proletarios licenciados habíamos sacrificado nuestro esfuerzo y nuestro tiempo para pagar el peaje a una vida mejor, para dejar de ser pobres y tener un buen trabajo, pero nadie nos lo ofreció: nos quedamos huérfanos de empleo.

Pertenezco también a una generación bisagra, un umbral de paso de personas que empiezan a cuestionarse el sentido de todo esto, el para qué de tanto esfuerzo sin moneda de cambio. Que se plantea qué es ese modelo de éxito desgarrador que hemos heredado y que elige no hipotecar su vida para un nada venidero. Y les comprendo, les comprendo tan bien que me revuelvo cuando escucho críticas compulsivas hacia ellos.

Respiro.

Me estremezco. Y una lágrima se libera.

Creo que aún tendremos que replantearnos muchas cosas si realmente queremos cambiar el mundo o, al menos, estar preparadas para los cambios que ya vienen.

Un abrazo grande,

MP

By | 2022-03-02T16:02:20+00:00 Marzo 2nd, 2022|Cartas al futuro|0 Comments

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